jueves, 20 de mayo de 2010


Huir, escapar de todo. Aprovechar la última misión para no volver, para dejar atrás todo lo que nos tortura: las obligaciones de la casa, el sufrimiento, el amor correspondido o no, la civilización y todo lo que nos exprime. Toda una tentación. ¿Alguien es capaz de decir que no lo ha deseado alguna vez? Solo o acompañado, pero preferentemente solo. La soledad es como esa mujer a la que deseas pero que te hace la vida imposible. Sin embargo hay algo de lo que no podemos huir porque nos acompaña siempre: La memoria. La huída entonces no puede ser física. Están los pricofármacos, el alcohol, las drogas ilegales. Pero somos extraños. Soñamos con huír y nos aterra que nos expulsen. Tal vez por eso corremos, siempre estamos corriendo, aunque no sepamos en qué direccíón, a veces en círculos. Por eso algunos se suicidan, la única y definitiva forma de huída. Pero requiere valor, o demasiada desesperación, y, sobre todo, ser capaz de renunciar a la tortura a la que somos activos:
Los recuerdos.

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